La autora de novelas cortas y libros de cuentos falleció el domingo en Buenos Aires. Había nacido en 1947 y se exilió en Francia durante la dictadura.
El domingo, a los 79 años, murió en la ciudad de Buenos Aires la escritora Cristina Siscar. Autora de una obra narrativa, se destacó en el género de la novela corta con libros como País de arena, El río invisible y Vestigios, y los libros de cuentos La Siberia (que arranca con una nouvelle), Los efectos personales y Lugar de todos los nombres. También publicó el poemario Tatuajes y libros de ensayo. Había nacido en Buenos Aires el 18 de julio de 1947. Colaboró con artículos y reseñas para LA NACION.
Su pareja, el periodista Juan Miguel Satragno, fue secuestrado en 1978 por fuerzas parapoliciales en Mar de Ajó, cuando el hijo de ambos, Pedro Satragno, tenía cinco años. También fueron secuestrados y desaparecidos la hermana de la escritora, Silvia, y su cuñado. Siscar debió exiliarse en Francia hasta poco después del regreso de la democracia, en 1986; al no contar con la autorización del padre (desaparecido por la dictadura), debió dejar al niño al cuidado de los abuelos. Su hijo falleció en 2016, en Junín. Experiencias como esa dejarían su huella en la literatura de Siscar, donde se pueden destacar algunos temas recurrentes como el exilio, el duelo y la ausencia. La hereda su única nieta, Victoria Satragno.
Comenzó a publicar libros de cuentos y novelas a su regreso a la Argentina, cuando advirtió que “la visión del exilio como una serie de casos aislados, producto de la voluntad individual”, había cambiado por otra más realista, al considerárselo “como otro de los sufrimientos infligidos por el terrorismo de Estado, es decir, como lo que realmente es: consecuencia de un régimen político y parte de un proceso histórico común”. De vuelta en Buenos Aires, tenía la sensación “de estar viviendo simultáneamente en tres ciudades: la de mi juventud, que entonces me había parecido una proyección de mi ser; la amenazante y prohibida de los años de la represión; y la que ahora estaba llena de lugares vacíos o de caras extrañas, sembrada de los que habían sido hasta hacía poco centros clandestinos de detención. […] Además, el reencuentro con mi hijo no fue fácil, nos mirábamos como desconocidos. El tiempo había transcurrido acá sin mí que había vivido un tiempo paralelo en otro espacio”.
La escritora y profesora Dolores Canestri escribió en su página de Facebook que Siscar “exprimió el dolor poéticamente, lo transformó en una huella fantasmal de su escritura, lo personificó entre las ruinas de sus múltiples pérdidas, justamente, porque había aprendido a perder sin renunciar”.
“Como decía Luisa Valenzuela en la presentación de Vestigios, la última novela de Cristina, de 2022, ella era ‘un tesoro oculto de la literatura Argentina’ -dice Canestri a LA NACION-. Tal vez, aunque tarde, se le pueda dar ese reconocimiento. Era una de las escritoras más exquisitas de un tiempo difícil en el exilio y, luego, a su regreso, en un país que se le seguía escapando de las manos, como sus seres queridos. Entre lo fantástico y lo real, supo moldear un mundo con una belleza triste y serena a la vez, con esa mirada que extraña todo lo que toca. Pareciera que la extrañeza tiene esa polisemia de lo paradójico: vale para este paréntesis de blanco, que es el espacio entre los mundos, donde los muertos todavía permanecen porque los retenemos o porque nos morimos un poco con ellos. Espero que, de alguna manera, su legado tenga más camino por recorrer. Ella siempre decía que la literatura es un viaje”.
“Nos podemos aproximar a la obra de Cristina Siscar, de quien elijo, sobre todo, sus cuentos y la novela La sombra del jardín, si la definimos como de precisión poética -dice el escritor y periodista Vicente Muleiro a este diario-. Su cuidada elección léxica y su cadencia dan cuenta de su primer amor: la poesía. Se consideraba una sobreviviente de la dictadura, del exilio y también de las llagas del regreso. Una marca que la constituye es la delicadeza, algo que trascendía su estética y la trasladaba con calidez a las relaciones personales. Con una vida de dolores profundos supo construir cercanías”.
