Una línea de investigación difundida por BBC Mundo, Rolling Stone y Time sostiene que la exposición infantil al plomo pudo incidir en el surgimiento de criminales seriales. El historiador Peter Vronsky afirma que más del 80% de los asesinos en serie estadounidenses conocidos operaron entre 1970 y 1999.
Durante las décadas de 1970 y 1980, Estados Unidos registró una proliferación de asesinos en serie sin precedentes en su historia, según documentaron BBC Mundo, Rolling Stone y Time. Una nueva corriente de investigación señala que el plomo en el aire pudo haber contribuido al surgimiento de algunos de los criminales más notorios de ese período.
La frecuencia de crímenes seriales comenzó a crecer a fines de los 60, alcanzó su pico en los 80, con alrededor de 200 asesinos activos de forma simultánea solo en Estados Unidos, y fue declinando a lo largo de los 90.
Según el historiador y experto en justicia penal Peter Vronsky, más del 80% de los asesinos en serie estadounidenses conocidos operaron entre 1970 y 1999, un período que el historiador del crimen Harold Schechter bautizó como “la era dorada del asesinato serial”. Entre esos nombres figuran Ted Bundy, Jeffrey Dahmer y John Wayne Gacy.
El criminólogo James Alan Fox, de la Universidad del Noreste en Boston, señaló que ese aumento tiene múltiples raíces y que el período coincide con un incremento generalizado de la violencia en Estados Unidos y Canadá.
La hipótesis del plomo
Entre las explicaciones más recientes figura la llamada “hipótesis plomo-crimen”, desarrollada en el libro Murderland: Crime and Bloodlust in the Time of Serial Killers, de la escritora y ganadora del Premio Pulitzer Caroline Fraser.
La teoría sostiene que la exposición masiva al plomo durante la infancia, a través de la gasolina y las emisiones de fundiciones industriales, dañó el desarrollo cerebral de toda una generación.
Fraser creció en Seattle a pocos kilómetros del escenario de los crímenes de Bundy y cerca de la fundidora ASARCO en Tacoma, Washington, cuyas emisiones depositaban una ceniza blanca cargada de plomo y arsénico sobre un área de hasta 2.500 kilómetros cuadrados. Gary Ridgway, Israel Keyes y el propio Bundy residieron en sus inmediaciones.
El geoquímico Clair Patterson documentó en los años 50 y 60 que la exposición al plomo provocaba lo que llamó “una pérdida de agudeza mental”, según consta en su estudio publicado en 1965 en Archives of Environmental Health. Investigaciones posteriores vincularon esa exposición con daño en la corteza frontal, la zona del cerebro que regula el control de impulsos, con efectos observados principalmente en varones.
“Entre el 20 y el 50% del aumento abrupto de la criminalidad en las décadas de 1980 y 1990 es atribuible al plomo”, afirmó Fraser en declaraciones a Time. Cuando Estados Unidos comenzó a eliminar la gasolina con plomo en los 90, la tasa de criminalidad registró su mayor caída en la historia documentada del país.
Los hijos de los veteranos de guerra comparten un patrón biográfico con los asesinos seriales
Otra línea de investigación apunta a las consecuencias multigeneracionales de la Segunda Guerra Mundial. El historiador canadiense Peter Vronsky, autor de American Serial Killers: The Epidemic Years, revisó las biografías de los asesinos con especial atención a su infancia: muchos nacieron durante la guerra o en la posguerra inmediata y sus padres regresaron del campo de batalla con secuelas psicológicas que en esa época no tenían nombre ni tratamiento.
El diagnóstico de trastorno de estrés postraumático (TEPT) no existía formalmente hasta los años 80; en los hogares de posguerra, ese trauma se expresaba con frecuencia en violencia doméstica o abandono.
El neurocientífico James Fallon, que estudió el fenómeno durante décadas, sostiene que los rasgos de psicopatía pueden permanecer relativamente inactivos si la persona tuvo una crianza estable.
“No es solo el entorno temprano por sí solo, ni solo el gen: es la interacción de los dos lo que predispone a conductas radicalmente agresivas y antisociales”, declaró a Rolling Stone. Fallon agrega que todos los asesinos y dictadores que estudió fueron abandonados o abusados entre el nacimiento y los tres años de vida.
La falta de tecnología investigativa dio ventaja a los criminales durante dos décadas
En los años 70 y 80, las fuerzas de seguridad carecían de bases de datos interconectadas para relacionar crímenes cometidos en distintas jurisdicciones, y las pruebas de ADN apenas comenzaban a desarrollarse. El término “asesino en serie” fue popularizado por el agente del FBI Robert Ressler durante la década de 1970 y no fue de uso extendido hasta los años 80. “Los criminales tenían ventaja”, sostuvo el criminólogo Michael Arntfield en declaraciones a la BBC.
A eso se sumaron transformaciones sociales: la expansión de las autopistas interestatales amplió el radio de acción de los asesinos; el autoestop era una práctica extendida, y la alta movilidad demográfica de la época debilitó los lazos comunitarios. “Se creó un entorno ideal para que los asesinos encontraran a sus víctimas”, señaló Fox.
El fenómeno se retrajo en los 90 por una combinación de factores forenses, sanitarios y sociales
La masificación del ADN como herramienta forense y la videovigilancia acortaron los tiempos de detección. Las víctimas potenciales adoptaron conductas más cautelosas y los sistemas de seguridad domiciliaria se generalizaron.
Fraser destacó además mejoras en salud pública: la retirada de las sustancias tóxicas, una mejor atención prenatal y el avance en salud mental contribuyeron, según la autora, a que la criminalidad cayera de forma sostenida.
El FBI documentó que menos del 1% de todos los homicidios anuales corresponde a crímenes seriales y que no existe una única causa que explique su surgimiento. “Es un cóctel de causas, nunca es una sola cosa”, resumió el historiador y experto en justicia penal Vronsky.
