El artista visual, gestor cultural y diseñador gráfico Jorge Tirner, cuya obra «Colisión Frontal» se exhibe en el MAC Corrientes, repasa su formación y el inicio de su carrera, marcada por la búsqueda constante de nuevos lenguajes artísticos.
Jorge Tirner es artista visual, gestor cultural y diseñador gráfico correntino. Reconocido por su capacidad para generar ideas e inventar historias que se transforman en obras, su trabajo sorprende por la diversidad de medios que utiliza. Interviene objetos cotidianos provocando resultados inesperados que desconciertan y fascinan. Una de sus últimas obras, “Colisión Frontal”, forma parte de la colección del Museo de Arte Contemporáneo de Corrientes (MAC).
Su formación académica comenzó lejos de su provincia. «Me gustaba mucho dibujar y la cartelería; el diseño gráfico me interesó desde que tengo memoria», recuerda Tirner. Al finalizar el secundario, buscaba cambiar de ámbito y encontrarse con personas de afinidad artística. Las opciones para estudiar Diseño Gráfico en ese momento eran Buenos Aires, La Plata o Santa Fe, pero ninguna lo convencía por distintas razones, incluyendo el temor a dispersarse.
Un hallazgo fortuito en una guía de carreras, pocas semanas antes del inicio de clases, lo llevó a Oberá, Misiones. Allí, en la Facultad de Artes, se dictaba la carrera, que en 1996 cursaba su último año de la primera camada. «Me gustó la idea: estaba más cerca, Misiones me atraía y Oberá era una ciudad chica. Me pareció ideal», explica. La decisión fue rápida: en cuestión de días se instaló en la ciudad y comenzó sus estudios.
La carrera, inserta en una escuela de arte y no de arquitectura como era común, le brindó un posicionamiento distinto. «Ahí me vinculé con artistas visuales, docentes de artes, grafiteros, músicos… Éramos todos muy jóvenes y muchos buscaban expresarse», señala. Aunque desde niño tuvo inclinación por el arte, su entorno familiar no estaba directamente vinculado a él –su padre era banquero y su madre docente–, los viajes y visitas a museos, así como el cine, fueron formativos.
El verdadero punto de inflexión en su carrera artística llegó durante unas vacaciones en Resistencia, mientras trabajaba en un centro de copiado. Allí conoció a Dani Ojeda y, a través de él, a un grupo de artistas que trabajaban en el taller del Centro Cultural del Nordeste con Oscar Sánchez Kelly. Fue en ese contexto donde, recomendado por su profesor Patricio Nadal, conoció a Diego. «Fue como amor a primera vista. Conectamos inmediatamente y empezamos a pensar proyectos, a trabajar juntos», relata Tirner. Lo que unió esa conexión fue «el deseo de romper ciertos cánones».
Hasta entonces, Tirner trabajaba en soledad: dibujos animados, piezas digitales y dibujos, algunos incluso proyectados en MTV, pero de manera experimental. Fue Diego quien lo impulsó a presentarse a una beca de la Fundación Antorchas en 2004. Quedar seleccionado fue revelador: «Antorchas me ordenó, me dio herramientas para entender por dónde ir. Ahí empiezo a producir obra hacia afuera. Ese fue el verdadero inicio de mi carrera artística».
Su primera muestra individual llegó al año siguiente, en 2005, en el Centro Cultural Borges de Buenos Aires, dentro de la exposición «Borges contemporáneo», curada por Laura Spivak. Desde entonces, su trayectoria se ha caracterizado por una búsqueda incansable de nuevos lenguajes y formas de construir y ver el arte, siempre con el objetivo de no repetirse y evitar lo que considera aburrido.
