Tomás Valentín Gómez, el argentino que confeccionó la vestimenta de León XIV

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El sastre de 27 años trabajó en el taller de costura del santuario de Lourdes y terminó la estola blanca dos horas antes de la llegada del Pontífice. Seguirá con esta tarea durante la gira papal por América Latina.

Tomás Valentín Gómez, argentino de 27 años, confeccionó los ornamentos que el papa León XIV usó durante su visita a Lourdes a fines de septiembre y que volverá a utilizar durante su gira por América Latina, confirmada por el Vaticano pese al estado de salud del Pontífice tras su operación.

Gómez estudió dos años de Abogacía, pasó tres en el seminario y cursa la licenciatura en Protocolo y Ceremonial, que pausó por la intensidad de este año. Desde que dejó el seminario trabaja para una agencia de traducción y, en paralelo, para una empresa de eventos.

El sastre nunca tomó un curso de costura. Firma sus trabajos con el nombre «Joseph» y formó parte del equipo del taller de costura del santuario francés, a cargo de Sor Martha Santos, conocida en Francia como Sœur Martha, la religiosa mexicana que preparó la tercera visita de un pontífice a la gruta desde las de San Juan Pablo II en 1983 y 2004, y de Benedicto XVI en 2008.

La estola blanca que el Pontífice lució en dos ocasiones la terminó dos horas antes de su llegada. «La verdad es que no trabajaba pensando todo el tiempo: ‘Esto lo va a usar el Papa’; si no, probablemente hubiera intentado terminar la estola bastante antes y no dos horas antes de que llegara», declaró Gómez a LA NACION.

El niño que a los cinco años ayudaba en el altar de su parroquia en Merlo, San Luis, terminó cosiendo lo que el Papa vistió en otro altar, a más de 10.000 kilómetros. La fe le llegó por la familia, sobre todo por su abuelo, que lo llevaba a misa desde muy chico. De esa época como monaguillo, contó, viene su amor por la liturgia.

Con los años, sus estudios dejaron de parecerle caminos sueltos. El Derecho lo acercó a la importancia de las normas y de las instituciones, sobre todo cuando estudió sus raíces en el código romano. El seminario fue una etapa de formación humana y espiritual, con momentos buenos y otros difíciles. «Nos tocó vivir un tiempo complejo, pero hoy puedo mirar esa experiencia con gratitud, porque también de las dificultades aprendí mucho», reconoció. En el ceremonial, en cambio, encontró el interés por los gestos y los símbolos. «La liturgia reúne mucho de todo eso: tiene un orden, y cada gesto y cada signo tienen un sentido; nada debería hacerse simplemente porque sí. Un ornamento también comunica y está al servicio de una celebración», explicó.

La primera máquina de coser que vio de cerca fue la de la sacristana de su parroquia. Había que preparar algunas cosas para Semana Santa y él se ofreció a ayudarla, aunque en realidad pasaba buena parte del tiempo observando cómo trabajaba. El segundo acercamiento fue casual. Una chica con la que salía estaba haciendo un curso de costura y Gómez aprovechó para mirar y preguntar.

En 2019 su mamá le regaló su primera máquina y desde entonces siguió solo, sin mentores. «Fui aprendiendo mirando, probando, equivocándome muchas veces y volviendo a empezar», recordó. Cosía en sus ratos libres, siguió haciéndolo en el seminario y, cuando salió, empezó a recibir pedidos de sacerdotes amigos. Además, mostró esos trabajos en sus redes y, al poco tiempo, le escribieron desconocidos de San Luis, Córdoba, La Rioja y el sur del país. Después llegaron los encargos de Buenos Aires, donde ya hizo varios ornamentos.

Durante mucho tiempo intentó que la costura siguiera siendo un pasatiempo. Sin embargo, no pudo: «Cada vez que intentaba dejarlo en ese lugar, aparecía un nuevo pedido, una nueva persona, una nueva oportunidad. Sentía que Dios, de alguna manera, se encargaba de mostrarme que había algo más». Entendió entonces que, si ese trabajo se le estaba confiando, tenía que hacerse responsable. Decidió formarse, mejorar y darle una identidad propia: «Joseph».

El nombre se inspiró en su devoción por San José, el carpintero de Nazaret. Así como José preparó con sus manos lo necesario para la llegada de Jesús, Gómez piensa su oficio como la preparación de algo material que después estará al servicio de la misa, el momento en que, según la fe católica, Cristo se hace presente en medio de su pueblo. «Las cosas no están hechas para llamar la atención sobre quién las hizo, sino para estar al servicio de algo mucho más grande», agregó.

Su primera visita al pueblo de los Pirineos fue en 2019 y duró apenas tres días. En 2025 volvió como voluntario con un plan concreto de dos semanas de servicio, que se convirtieron en una estadía de varios meses luego de que le ofrecieran quedarse «un poco más». «A veces me preguntan qué es Lourdes, o qué significa para mí, y puedo decir que es el abrazo de Dios sobre la tierra», dijo. Contó que lo ve en la cantidad de peregrinos que pasan cada día, en los voluntarios que llegan a servir desinteresadamente, en los empleados y, sobre todo, en los sacerdotes que confiesan durante horas.

Este año regresó para colaborar con el padre Mauricio, un sacerdote argentino a cargo de la pastoral de lengua española. Toca y canta en las misas en castellano y, algunos días, también en las que se celebran en italiano. Para entonces ya se hablaba de la llegada del Papa. Un día lo llamaron para preguntarle si estaba dispuesto a dedicar los meses siguientes a preparar los ornamentos junto con Sor Martha y aceptó. Firmó un contrato en cuestión de días y se sumó a un grupo que también integraban varios voluntarios.

El diseño de las piezas quedó a cargo de la oficina del servicio litúrgico del santuario y el taller se ocupó de confeccionarlas. Gómez insistió en que ningún elemento estuvo puesto como adorno o condicionado a quien iba a usarlas. «Algo que para mí fue importante es entender que no se busca calidad y belleza solamente porque lo vaya a utilizar el Papa: la liturgia misma merece que aquello que hacemos para el culto a Dios esté hecho con dignidad, belleza y cuidado», sostuvo. La estola blanca fue la excepción, porque ahí tuvo más libertad para pensarla y realizarla. Vivió todo el proceso con tranquilidad, a pesar del cansancio, y trabajó con el mismo entusiasmo que en cualquier otro encargo.

El sábado 26 de septiembre, mientras esperaban a León XIV en la Gruta de las Apariciones, pudo relajarse por primera vez en semanas. «Ahí sí pasé por el corazón toda mi vida: tantos momentos, personas y lugares que de alguna manera me habían llevado hasta ahí. Me emocionó pensar cómo Dios va escribiendo nuestra historia, muchas veces, sin que nosotros nos demos cuenta», recordó.

Días atrás, había recibido una noticia inesperada que lo tocó de cerca. Dos de sus mejores amigos, Camila y Gonzalo, habían pasado su luna de miel en el santuario a principios de junio y le habían pedido a la Virgen ser padres. Ahora esperan una niña y decidieron llamarla Bernardita, como Bernadette Soubirous, la joven a quién se le apareció la Virgen en esa misma gruta el 11 de febrero de 1858. «Fue uno de esos instantes en los que uno simplemente agradece», resumió. Cuando vio al maestro de las celebraciones colocarle la estola al Papa, sintió una enorme gratitud.

La fecha también tenía otro peso. Ese día se cumplían dos años de la muerte de su abuela, y pocos días antes había muerto su hermana, «la tía Mirta». Lejos de casa, pensó mucho en sus abuelos y bisabuelos y en gestos sencillos que con los años aprendió a valorar más. «Creo que uno nunca llega solo a ningún lugar: somos también un poco el resultado de tantas personas que nos quisieron, nos acompañaron y dejaron algo de ellas en nosotros», reflexionó.

Ahora vuelve a la Argentina, en el marco de la gira de León XIV, donde seguirá trabajando en ornamentos para la visita del Papa, en particular para Buenos Aires, y en otros proyectos vinculados con su paso por el país. «Es muy especial porque de alguna manera el trabajo que comenzó acá en Lourdes continúa ahora en mi propia tierra», señaló.

Lejos de traslucir algún signo de cansancio o tensión por los meses transcurridos y los que seguirán, el «sastre del Papa» prefirió detenerse y agradecer por la oportunidad. «Si algo aprendí en este tiempo es que muchas de las cosas más lindas de mi vida no fueron las que había planificado. Así que quiero seguir trabajando, aprendiendo y haciendo bien aquello que se me confía. Después, Dios irá mostrando el camino, como lo ha hecho hasta ahora», concluyó.

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