El escritor chileno Alberto Fuguet presentó su nueva novela ‘Ushuaia (un destino melodramático)’, editada por Tusquets, en la que narra la historia de Bruno, un adolescente que se suicidó en el Canal San Carlos en Santiago. En una entrevista, Fuguet reflexionó sobre la hiperconectividad, la literatura y el melodrama.
El escritor chileno Alberto Fuguet (Santiago, 1963) presentó su nueva novela Ushuaia (un destino melodramático), publicada por Tusquets. El libro narra el vínculo entre Leticia y su hijo adolescente Bruno, y está basado en un hecho real: la desaparición y suicidio de Santiago Chago Errázuriz, un joven bloguero que se arrojó al Canal San Carlos en Santiago.
En una entrevista, Fuguet relató: «Este libro está basado en un hecho real que me golpeó profundamente. Era un joven fan de mis libros y de mis películas. Tenía un blog en la época de Blogger y de MySpace que se llamaba, de forma muy reveladora, Clona Zepan. En la novela yo lo transformé en el blog Brunozepam. Este chico se suicidó arrojándose al Canal San Carlos en Santiago, exactamente el mismo lugar y bajo las mismas circunstancias que narro en la historia. De hecho, el libro completo está dedicado a su memoria».
Consultado sobre cómo fue ese cruce con la realidad, Fuguet respondió: «Fue algo que me marcó para siempre. Una tarde-noche de primavera, cuando ya se estaba oscureciendo, me encontré en la calle con el hermano del chico. Él y un grupo de amigos estaban pegando afiches con la foto del joven desaparecido en los postes, en una escena idéntica a la que describo en la crónica periodística de la novela. El hermano me reconoció. Me dijo que Chago era lector de mis libros, que había visto mis películas. Me pidió mi número de teléfono. Y ahí es donde entra la fantasía humana, el drama real. Me involucré: le di mi teléfono y nos quedamos con la ilusión de que el chico iba a aparecer. Yo fantaseaba con su regreso. Me decía: ‘Si este pibe vuelve, me voy a tomar un café con él, le voy a firmar sus libros, y en mi próxima película lo voy a contratar como cadete, como asistente de producción para que empiece su carrera’. Solemos construirnos un final feliz in vitro. Pero supimos la verdad: se había tirado al Canal San Carlos al minuto de salir de su casa. Estaba muerto desde el primer día. Fui a su funeral. Fue devastador. Por eso, escribir Ushuaia fue una manera de invocar a esos ‘perdidos’ que forman parte de mi galería de lectores».
En la novela, Bruno escribe en su blog: «FANTASMA trabajar. pelear. pelar. comprar. repetir. ver las mismas teleseries. ponerles a los hijos nombres de próceres, y a las hijas nombres de santas. no me imagino casado. no me imagino feliz. me imagino solo, caminando por un mall sin saber qué busco. me imagino como un fantasma con Nokia & MySpace».
Sobre la construcción del personaje de Leticia, Fuguet explicó: «Porque en la vida real nadie es como Nicole Kidman en sus películas, ni nosotros nos vemos como Timothée Chalamet. Hoy existe una especie de sororidad literaria y de corrección política donde las mujeres en las novelas no tienen fallas; están demasiado limpias e higienizadas. Yo quería escribir sobre mujeres reales, imperfectas, sin pretender hacer ‘feminismo’ o un panfleto ideológico. Quería una madre de verdad, de las que gritan, se quejan de todo. Leticia es un personaje profundamente complejo: es una químico-farmacéutica que emigró de San Luis para ocultar un embarazo soltero. Tiene esa amargura típica de encontrar todo malo y hablar sin parar de los demás –rasgos que, confieso, heredé en parte de mi propia madre–. Quería mostrar que, antes que madre, Leticia era una mujer que sentía que la maternidad le había arrebatado su libertad».
En cuanto al contraste entre el cuento que escribe Bruno y la realidad, Fuguet señaló: «Bruno es mucho más libre y tiene un mejor lazo con su madre en la ficción de su cuento que en la vida real. Pero la Leticia real es mucho más vulgar, mucho más histérica, mucho más parecida a nosotros. Ese es el truco del inicio: el lector cree que la novela será sobre esa madre patagónica y estilizada, digna de una película de Hollywood. Pero no. Para escribir la verdad, a veces hay que reprimir esa estilización complaciente y dejar que las voces reales, por más locas, ásperas y vulgares que sean, asomen. La literatura real no se escribe desde una torre de marfil: se escribe desde el barro, desde la cocina donde se hierve la leche para los sorrentinos».
Fuguet también se refirió a la influencia de Manuel Puig: «Puig es un ídolo. Yo soy un hijo del Boom y tuve lazos literarios muy fuertes con Vargas Llosa. Pero Vargas Llosa y la academia siempre miraron a Puig con distancia, considerándolo ‘simpático’, pero no un escritor de verdad. Lo divertido es que el mejor libro de Vargas Llosa es La tía Julia y el escribidor, que es el más ‘Puig’ de todos sus textos. Yo me peleé con García Márquez en su momento. Gabo es un clásico, sin duda, pero él terminó y clausuró un mundo con su realismo mágico, mientras que Puig abrió las puertas de todo lo contemporáneo: el pastiche, el kitsch, lo pop, el cruce con el cine y la cultura de masas».
Sobre la oralidad en la segunda parte de la novela, indicó: «Para estructurar esa segunda parte conecté directamente con su novela Caer la noche tropical, donde dos mujeres mayores conversan y parece que no dicen nada, pero en realidad lo están diciendo todo a través del chisme. Esa es la vida real: empiezas hablando de chismes de vecinos o dulce de batata, y terminas tocando el fondo del alma».
Consultado sobre el melodrama y Sandro, Fuguet afirmó: «Creo que cada vez me importa menos el ‘qué dirán’. Ya no estoy tratando de conquistar a nadie; para mí, la verdadera libertad consiste justamente en eso, en no tener el deseo de conquistar a nadie. Cuando un autor coloca el melodrama en el centro de su obra, de inmediato queda fuera del circuito respetable, y hay algo libre en eso. Perder el miedo a las emociones, a lo doméstico. Por eso recurro a Sandro y a la letra de ‘Porque yo te amo’. Lo de Sandro es estéticamente riquísimo».
Respecto de la validación de géneros populares, dijo: «Es el mismo fenómeno. Hubo una época en la que Stephen King era visto por la academia y la crítica seria como ‘lo peor’ de la literatura, un mero desecho comercial. Y hoy, mira lo que pasa: mis alumnos universitarios son todos fanáticos de su obra y se hacen análisis académicos profundísimos sobre sus libros. King terminó entrando por la puerta grande al canon literario. Yo jamás pensé que eso ocurriría, pero me alegra mucho haber vivido para verlo, porque demuestra que estamos en un mundo mejor. Por eso celebro tanto el éxito actual de escritoras como Mariana Enríquez. Ella es una gran defensora de Stephen King y nunca ha tenido vergüenza en decir abiertamente: ‘yo amo a Stephen King'».
En relación con la sexualidad clandestina en la novela, Fuguet expresó: «Porque olvidar el miedo y la culpa es una mentira. Hoy parece que todo es celebración digital, Grindr y porno libre, pero el pánico gay y el dolor siguen operando en el silencio. Además, la escena de Bruno y León es, en el fondo, una escena de abuso de poder. De eso casi no se habla en nuestra literatura: de cómo los chicos varones también son vulnerados y abusados por hombres mayores que se aprovechan de su confusión. También me interesaba indagar en ese lazo histórico entre mujeres y homosexuales. En los setenta y ochenta, muchos hombres gays usaban a sus novias como pantalla para experimentar, como Facundo Visconti usa a Leticia en San Luis. Era un pacto de ceguera mutua».
En el epílogo, ambientado en 2025, Leticia viaja con su hermana Nélida en un crucero por el fin del mundo. Discuten sobre un vecino que tiene un «novio artificial». Leticia dice: «No toleraría interactuar con un Bruno artificial… Bruno no va a estar en un teléfono. Está acá con nosotras».
Sobre si la literatura analógica es su última trinchera de resistencia humana, Fuguet concluyó: «Yo creo firmemente que el fin del mundo no ocurrió con la pandemia ni con ninguna catástrofe climática; ocurrió en 2008, el día en que Steve Jobs se paró vestido de negro y nos presentó el iPhone. Ese día nos desconectamos para siempre del tipo de al lado. Hoy en día la gente tiene terror de enfrentar la imperfección, el rechazo o las arrugas de otra persona real, y prefiere casarse con un algoritmo que le dice exactamente lo que quiere escuchar. Escribir Ushuaia es una defensa del valor de nuestras cicatrices humanas, del derecho a recordar y, sobre todo, a saber olvidar. No quiero interactuar con una simulación pulcra y sanitizada. Prefiero mil veces viajar al fin del mundo real con mis dolores y mis fantasmas a cuestas».
Alberto Fuguet básico
- Nació en Santiago de Chile, 1963. Su familia se trasladó a Los Ángeles (California) donde vivió hasta los 11 años. Llegó en 1975 a un Chile sitiado por la dictadura de Augusto Pinochet.
- Estudió periodismo en la Universidad de Chile. Partió publicando en revistas de oposición y luego comenzó a escribir columnas de cine y música. Fue crítico de cine para el diario El Mercurio. Ha trabajado en radio y ha sido columnista y cronista en numerosos medios chilenos y extranjeros, incluyendo The New York Times y Letras Libres.
- Ha publicado novelas, cuentos y libros de no ficción, que han sido traducidos a varios idiomas; entre ellos destacan: Enrique Alekan, Sobredosis, Mala onda, Por favor, rebobinar, Tinta roja, Las películas de mi vida, Cortos, Apuntes autistas, Missing (una investigación), Tránsitos, No ficción, Sudor y Rebalsar la piscina mental. Su novela Tinta roja fue adaptada al cine por el peruano Francisco Lombardi y estrenada en el Festival de San Sebastián del año 2000.
- En 1991 obtuvo el Premio Municipal de Literatura de Santiago en la categoría «Cuento» por Sobredosis; en 1994, obtuvo la beca Fulbright. En el verano de 1997 obtuvo la Beca de Residencia Creativa Château de Lavingy, The Château de Lavigny International Writers’ Residence Ledig-Rowohlt. En 2010, la beca Simon Guggenheim en la categoría «Ficción»; y en 2010, el Premio Periodismo de Excelencia en la categoría «Entrevista».
Ushuaia, de Alberto Fuguet (Alfaguara).
